Temporada de conciertos octavo programa

Martes 02 de julio, 19:30 hrs.
Salón de Honor UC (Alameda 390, Santiago)

Programa

Louis-Gabriel Guillemain (1705-1770)
Cuarteto Op. 12 no. 3 en re menor

Carl Phillipp Emanuel Bach (1714-1788)
Sonata en si menor

Carl Friedrich Abel (1723-1787)
Solo en rem para viola da gamba

Francois Couperin (1668-1733)
“Le rossignol en amour”

Georg Phillipp Telemann (1681-1767)
Cuarteto París no. 6 en mi menor


Intérpretes

Conjunto de música antigua La Interfase Tonal
Oriana Silva, violín
Florencia Bardavid, viola da gamba
Alejandro Reyes, clavecín
Sergio Candia, flauta dulce (músico invitado)


Notas al programa

Es moneda corriente datar el fin del barroco en la música con la muerte de J. S. Bach (1685 – 1750), época que coincide con las últimas grandes creaciones de G. F. Handel (1685 – 1759). Por memorable que resulte dicho año, estas periodizaciones tan esquemáticas ocultan una realidad mucho más compleja: en la medianía del siglo XVIII hacía ya decenios que vientos de cambio soplaban en la estética musical, por ejemplo en la chispa del lenguaje italianizante de la ópera buffa (G. B. Pergolesi escribió La serva padrona en 1733 al mismo tiempo que Bach trabajaba en la monumental Misa en si menor), en el efusivo Empfindsamer Stil del propio Carl Philipp Emanuel Bach (1714 – 1788), plenamente activo al servicio de Federico el Grande ya en 1740, o en la elegancia de la música francesa de la corte de Luis XV, alejándose del gusto por la pompa y el fausto característicos del reinado del Rey Sol, muerto en 1715. La tendencia a simplificar la historia como una serie de cúspides (alpinas) separadas por valles o lagunas no ha sido justa con estos compositores, relegándolos al rol de actores secundarios entre barroco y clasicismo o de meros «precursores», apodándolos, de hecho, preclásicos. Más lamentable aún resulta el adjetivo «galante», palabra que desde hace siglos no es utilizada sino en un sentido irónico.

También ha jugado en contra de la apreciación de este repertorio el hecho de que el mundo cultural en el que se desenvolvieron estos compositores no provee el impacto emocional que nuestra sociedad actual suele reclamar a las expresiones artísticas: al juzgar con criterios anacrónicos el lenguaje expresivo y honesto, por ejemplo, de Carl Philipp Emanuel, se nos antoja acaso considerarlo como una versión descafeinada de la música de L. van Beethoven (rara vez se escucha la injusticia inversa, igualmente arbitraria, de enjuiciar a este último como una versión abultada e hipertrofiada de C. P. E. Bach). En efecto, la música galante parece encapsular, en vez de los arrebatos artísticos del propios del siglo XIX, la atmósfera respetuosa de la cultura del salón dieciochesco. En célebres tertulias se celebraba la galantería, la sensibilidad y el bon goût, pero también el intelecto y el intercambio de las ideas más avanzadas de la época (filosóficas, artísticas, políticas, estéticas…), por lo que atrajeron a grandes intelectuales que cultivaban el arte de la conversación (arte que quizás le hace falta a nuestro siglo, tras el reemplazo de gran parte de la comunicación en persona por la tecnología moderna).

La aspiración de los compositores representados en este concierto (desde un francés educado musicalmente en Italia hasta un alemán que se desempeñó profesionalmente en Inglaterra y otro que por su carácter cosmopolita puede ser considerado un ciudadano del mundo) era forjar un lenguaje musical basado en principios racionales y universales, y que por tanto fuera auténticamente internacional al recoger lo mejor de todas las culturas musicales de la Europa de entonces: la melodía lírica y fluida de los italianos, el refinamiento francés, el carácter metódico alemán, todo ello en un equilibrio armonioso. Del mismo modo que en el ámbito político, el sueño del equilibrio a la postre resultó ser inestable, estallando la Revolución francesa junto a los sones de marchas militares y el naciente romanticismo. Si esta visión optimista de la estética y de la sociedad, del ancien régime, puede parecernos hoy en día ingenua desde la atalaya del tiempo, no es menos cierto que, bien entendida, ésta representa un deseo del ser humano por alcanzar la plenitud de la existencia individual y colectiva a través de los valores del entendimiento, el diálogo, la moderación y la inteligencia. No en vano habría dicho Tayllerand que quien no hubiese vivido en el siglo XVIII antes de la Revolución no conocería «la douceur de vivre», la dulzura de vivir.

Tomás Koljatic